Mucho se comenta hoy en día, fundamentalmente en Chile, respecto a la responsabilidad inmediata de los menores de edad, en lo que a delincuencia se refiere. Las autoridades, miopes ellas al parecer, y un cierto sector de la opinión pública, ignorante por cierto, parecen no llegar a ningún acuerdo posible, cuando enfrentan un caso de este tipo y especie.Mientras tanto, aquellos llamados impunibles, siguen haciendo de las suyas amparados, he aquí el problema, en una permisividad tan evidente, que, hagan lo que hagan, saben que siempre resultarán declarados sujetos sin discernimiento, y por ende, no culpables de delito alguno. Es que las autoridades involucradas al respecto, y una ciudadanía relajada, moderna, tolerante, según ellos claro está, no han logrado ponerse de acuerdo respecto al cuándo un menor de edad actúa más o menos con un cierto criterio, por no decir lisa y llanamente, discernimiento. Algunos proponen determinadas edades, que los otros refutan como no válidas, y así, suma y sigue, en un ciclo eterno que no conduce a ningún resultado posible. El asunto es delicado, como no, claro que si, pero ello no debe impedir que veamos el bosque local en su totalidad, y asumamos un comportamiento ratonil, poco ético, relajado, que permita una continuidad delincuencial que ya está alcanzando ribetes dramáticos. Pareciera ser que estos modernos connacionales, no leyeron nunca a Dickens, Tolstoi, Kipling, por señalar a algunos testigos de época, quienes nos han señalado claramente cómo se trataba, disciplinaba, y corregía a los menores de edad delincuenciales de entonces. Evidentemente que en naciones tan importantes como la Inglaterra Victoriana, la Rusia Imperial, o la India Colonial, las autoridades pertinentes no se andaban con chicas, y los castigos eran absolutamente desmedidos en el peor de los casos, pero conseguían evitar de algún modo el fomento y la proliferación delictual, más por miedo que por entendimiento preclaro.En esas épocas la minoiría de edad acababa dramáticamente antes de los diez años, si o si, y los menores menos favorecidos por la fortuna debían ayudar a la manuntención del resto de la familia, en un ciclo terrible pero muy humano. Y a pesar que aquello ocurría, los niños evitaban delinquir, al nivel de hoy en día evidentemente, y solían ayudar a su padre, a su madre, a sus hermanos menores, sacrificándose en lo que fuera y cómo fuera, aunque en ello se les fuese la vida. Afortunadamente las cosas han cambiado para mejor, y si bien es cierto que aún reina la desigualdad en todos los aspectos de la vida, no menos cierto es que existen métodos y sistemas para mejorar, al alcance de todos. De allí que no se justifique la existencia del delincuente juvenil moderno, que injustificadamente, salvo casos muy puntuales, delinque por el placer, la choreza, el cartel, o porque detrás de ellos siempre existirán adultos aprovechados, ignorantes y amorales, dispuestos a involucrarlos en sus pillerías. Es inutil cerrar los ojos y creer, opinar, que el niño de hoy no sabe lo que hace; que no discierne entre el bien y el mal; que actúa sin motivación aparente; que su proceder es justificado por una necesidad inmediata; que no tienen idea de lo que hacen... quienes ciegamente insisten en ello, pareciera ser que nunca han pisado otro lugar que no sea el patio de su casa, y recibido todo con guante blanco, con absoluta limpieza y diafanidad. La vida no es así, y esto lo conocen muy bien sacerdotes, profesores, dirigentes varios, policías, asistentes sociales, o cualquier persona común y corriente que circule también, por la barriada como se dice, no solamente por los sectores céntricos y pudientes, donde por supuesto también existe una delincuencia juvenil generalizada, pero muchísimo más encubierta. Resultado de esto último, uno solo... el gran culpable a ojos vista de este verdadero azote moderno, no son más que muchísimos padres permisivos; muy modernos y despreocupados; absolutamente concentrados en ellos mismos, especialmente las modernas madres reivindicadas, que en vez de estar en casa preocupadas de sus crías, prefieren estar laborando en cualquier lugar, porque es preferible tener un mejor pasar, más y mejores cosas, un poder económico talo que les permitan cualquier lujo o gusto, y no una familia perfectamente constituida. Pero hay más aún... los responsables directos de estas semillas de maldad en potencia, no necesariamente son aquellos que laboran, sino también aquellos otros que, pudiendo enseñar valores y comportamientos dignos y respetuosos, hacen la vista gorda y amparan al delincuente juvenil contra viento y marea, en cualquier circunstancia constreñida con la ley, considerándolo todo un juego, una viveza, una choreza del infante. Prueba de ello las palabras de un amigo profesor, que comentaba amargamente el cómo los apoderados de niños pequeños, cuándo eran requeridos para responder, dar la cara, por el comportamiento o las malas acciones de sus educandos, en vez de tomar cartas en el asunto y corregirlos, las emprendían a golpes e insultos contra los docentes, en una justificación sin nombre para aquellos microdelincuentes. Por ende, no me vengan ahora que los infantes no saben lo que hacen, que no disciernen respecto al bien y el mal, porque si están al tanto que con un cuchillo, un revolver, un punzón, un garrote, o lo que sea, es más fácil asaltar, herir, o matar, entonces a mi juicio no son impunibles de ninguna manera. Con razón en México, Brasil, y otros países asfixiados con ésta verdadera plaga moderna, en algún momento se vieron obligados a crear verdaderos escuadrones de la muerte, que no justifico para nada, pero que en más de alguna ocasión he oído mencionar, cuándo observamos estupefactos como mocosos imberbes, que apenas si saben leer y escribir, son los reyezuelos de un determinado sector, contando incluso con varios muertos a su haber, capaces de sembrar el terror, la desgracia, y la miseria humana, estrictamente porque amanecieron con ganas de matar, robar, o divertirse un rato. ¡No, no nos confundamos!... existe una delincuencia juvenil forzosa, obligada, verdaderamente impunible, la menor, pero existe su contraparte viciada, soez, maligna, la mayor, que hay que desterrar a toda costa, porque lisa y llanamente es ella o nosotros. Todo parte de la familia, y no es justo, correcto, o aceptable, que después de ocurrida la desgracia, los padres del delincuente juvenil tomen tardías cartas en el asunto, y pidan un perdón que ya de nada vale. Así no funciona una sociedad de derecho igualitario, al menos para algunos de nosotros , quienes en parte comenzamos a entender, muy claramente, el por qué, casi justificado, de aquel antiquísimo precepto bíblico...¡ojo por ojo, diente por diente!... que evidentemente no refleja para nada un convivir tolerante, humano, de gente decente, pero al que, gústenos o no, estamos siendo empujados día tras día, mientras se sigue discutiendo, a fojas cero, la impunibilidad o no del delincuente juvenil moderno, verdaderas semillas de maldad.
elkeno